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martes, 4 de octubre de 2011

De Ritos y Rituales. De comuniones y confirmaciones (2ª parte)

imposiciondemanosEstá resultando sencillo sustituir las ceremonias religiosas de nacimiento y matrimonio por otras civiles o laicas. Esto se debe a que los motivos que nos impulsan a celebrar estos eventos podemos desmarcarlos del sentir religioso y atribuirles un significado más acorde a modernos criterios sociales; de hecho los bautizos están siendo sustituidos por ceremonias de bienvenida, de acogida o de otorgamiento de la carta de ciudadanía, denominaciones que pretenden devolver a estos rituales su verdadero significado. Las instituciones civiles están ayudando en este aspecto al generar actividades rituales con las que celebrar los requisitos legales que hay tras las firmas e inscripciones en sus registros. También es cierto que el impulso costumbrista de estos eventos es difícil de abortar y es que en el fondo siempre existirá nuestra natural necesidad de ritualizar los momentos importantes de nuestra vida.

Esta necesidad es también la que nos debe impulsar a la hora de celebrar otros dos importantes momentos que hasta ahora pudiera parecer que sólo tienen significación religioso, me refiero por supuesto a la primera comunión y a la confirmación. Ha llegado el tiempo de desvincular estos dos importantes momentos del contexto religioso, devolverles su verdadero significado natural, social y humano, y en consecuencia celebrarlos con rituales acordes y adaptados al sentir laico. No podemos dejar de celebrar los ritos de entrada en la pubertad y en la madurez, que de eso se trata, pues desde siempre han tenido tanta importancia o más que el nacimiento y el matrimonio.

Ahora nuestra sociedad, en este giro evolutivo hacia la laicidad, se encuentra con un vacío ritual que debe ser llenado. El rechazo del rito religioso unido a la desconexión del significado original de estos ritos y quizás también a que las instituciones no están ofreciendo alternativas a este respecto, pueden estar abocando estas celebraciones a la desaparición. Pero no debemos caer en el error de realizar un paripé de lo religioso. Una sociedad que madura en el camino hacia la laicidad debe saber alejarse de la influencia religiosa y así poder redescubrir y recuperar el sentir natural del ser humano. La religión tomó lo que ya existía, lo transformó y lo impuso con sus propias normas. Ahora nos toca a nosotros recuperar lo que siempre fue, adaptarlo a las nuevas formas, a los nuevos tiempos, para que sea incluido en el sentir laico y en base a nuestra libertad de conciencia crear una nueva forma de sentir y celebrar la vida ajena a todo credo, fundamentalismo o imposición formal.

La religiosa primera comunión ha sustituido, quizás abocada por su propia moral, a los antiguos ritos de paso de la niñez a la pubertad. No olvidemos que al fin y al cabo lo que se celebraba con estos ritos era la madurez sexual. A su vez la confirmación (la conversión en “soldados” de Cristo) ha sustituido a los importantísimos ritos de madurez, a través de los cuales se adquiere la condición de adulto y se puede acceder a los diferentes status sociales (político, guerrero, sacerdote…)

Ahora nos toca a nosotros reconocer la importancia de estos momentos, redescubrir su significado y volver a ritualizarlos adaptando las formas al sentir laico. Como dice Ana Lía López en su estudio sobre las ritualidades contemporáneas “los ritos contemporáneos parecen exceder en mucho la búsqueda de legitimación de la entrada en la madurez sexual y aparecen como una acuciante demanda de reconocimiento, de ser, de existir, de habilitación como ser cultural, perteneciente a algún lugar social.

Fernando Rivadulla

sábado, 9 de julio de 2011

De Ritos y Rituales. De comuniones y confirmaciones… (1ª parte)

CandadosPara entender mejor el contenido de este artículo es conveniente conocer las diferencias existentes entre dos conceptos que etimológicamente pudieran parecer sinónimos pero que en el uso su significado es totalmente distinto, me refiero al rito y a la ritualidad. Distinguirlos nos ayudará a entender mejor nuestra cultura y nuestras costumbres, al menos en el ámbito de las celebraciones.

El rito es aquella ceremonia simbólica compuesta por un conjunto de reglas y normas, establecidas en el tiempo y en la tradición, y que se repiten de manera estricta e invariable para expresar el contenido de algún mito, entendiendo por este; un relato de hechos maravillosos cuyos protagonistas acostumbran a ser personajes sobrenaturales o extraordinarios. Se constata que los mitos forman parte del sistema religioso de una cultura, que los considera historias verdaderas. Tienen la función de otorgar un respaldo narrativo a las creencias centrales de una comunidad.

El ritual es la observación de las formalidades y normas establecidas para realizar el rito, es decir, la expresión formal del rito. Y esta se lleva a cabo a través de símbolos que representan las creencias que subyacen en el mito. Y esta no es una cuestión baladí, este acto pedagógico procura la asimilación directa de los conceptos a través de las imágenes simbólicas. Es, ni más ni menos, que la puesta en escena de nuestro más atávico pensamiento mágico. Ahora bien, el ritual no sólo pretende expresar los ritos, esta no es más que una de sus facetas. Otra no menos importante es la de facilitar la necesidad natural de expresar las creencias (no necesariamente religiosas) y los cambios de estado o estatus (ritos de paso o de iniciación)

Las circunstancias han facilitado la asociación de estos dos conceptos a lo estrictamente religioso, y nada más lejos de la verdad. En nuestra vida diaria tenemos la oportunidad de presenciar y de compartir infinidad de rituales seculares que poseen sus propias normas, su propia tradición y la misma carga simbólica y mágica que los religiosos. A tal fin podríamos señalar infinidad de rituales sociales (fiestas nacionales), culturales (premios, reconocimientos), políticos (nombramientos), deportivos (ceremonias de clausura y apertura de las olimpiadas), etc. En nuestro día a día celebramos y participamos en rituales muy arraigados, dotados de su propio ritmo, símbolos, textos, música pero que pasan desapercibidos. Los cumpleaños por ejemplo; con su reunión social, su ágape, su tarta, sus velas, sus deseos, sus canciones, sus regalos, sus felicitaciones, cumplen todos los requisitos formales para que se le otorgue la consideración de ritual. Y hay más; las celebraciones de fin de año y año nuevo (brindis, uvas), despedidas de soltería, los pasos de ecuador estudiantiles, las jubilaciones… son los que más pronto me vienen a la cabeza. Y gracias en gran medida a las nuevas tecnologías y la facilidad en la comunicación, que surgen rituales nuevos; quiero hacer alusión a uno de ellos que destaca por su simpleza y por su hermoso contenido. Hablo de escribir tu nombre y el de tu amante en un candado para dejarlo eternamente colocado en la barandilla de algún puente o estructura de especial significado. Que expresión más sencilla de amor, esperanza e ilusión… En la toscana “Vía de L’amore” se amontonan por cientos en cualquier sitio susceptible de ser colocado (la foto que acompaña a este texto está tomada en la puerta de entrada de la Vía). Me dejó muchos más en el tintero.

Los rituales son el fruto de nuestro innato pensamiento mágico. Tenemos una necesidad de celebrar los momentos importantes de nuestra vida y de hacerlos públicos, un impulso natural del corazón a compartir y hacer partícipe a la comunidad de nuestro cambio de estado o estatus. Es por ello por lo que, en virtud de esta forma de pensamiento, ritualizamos esos momentos y los representamos con símbolos. El pensamiento mágico sigue presente hoy día, no sólo en las consultas de de toda suerte de adivinos, curanderos y nigromantes, sino también -y sobre todo- en la asunción que hacemos de los resultados que tendrá para nosotros lo no demostrado, lo no comprobado (cremas mágicas, dietas mágicas, productos mágicos…) y que entra por nuestros ojos fundamentalmente a través de la televisión y los medios publicitarios. De la misma manera que estos medios se aprovechan de la existencia del pensamiento mágico para “colocarnos” sus productos milagros, la Iglesia se ha aprovechado a lo largo del tiempo para colocarnos también sus propios mitos y adaptarlos así a los ritos naturales ya existentes. Al igual que hizo al colocar sus iglesias en los lugares de culto pagano con el único objetivo de sustituir las creencias locales y evitar así la competencia, ha institucionalizado ritos religiosos que han ido sustituyendo en la memoria a los ritos de paso preexistentes (nacimientos, bodas, funerales…) Pero quiero hacer especial mención aquí a los ritos iniciáticos de la pubertad y la madurez que han quedado totalmente desvirtuados en sus significados originales al ser sustituidos por los ritos cristianos de la primera comunión y de la confirmación. A ellos dedicaré la segunda parte de esta entrada…

Fernando Rivadulla

lunes, 27 de junio de 2011

Los mal llamados bautizos civiles…

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Muchos de nuestros amigos y clientes todavía definen las alternativas ceremoniales que les proponemos como un “paripé”. Es un término con el que no nos identificamos y del que queremos escapar en honor a la importante y fundamental labor social que creemos realizar.

El paripé es una simulación, un fingimiento, así lo define el diccionario. Y de ninguna manera nuestro trabajo pretende simular o fingir nada. En un contexto social en el que hasta ahora había primado el sentir religioso, es natural que la creencia otorgue certeza y validez solamente a sus sacramentos. En honor a la verdad el rito religioso no es más que el paripé del efecto interior y espiritual que dios obra en las almas a través de estos símbolos y es causante de gracia, según sus convicciones…

Pero si la creencia desaparece, si la convicción no es la religiosa, entonces ¿qué papel otorgamos a la ceremonia ritual? ¿Sólo el del paripé? Creo que debemos ser más respetuosos con nuestra necesidad ritual, comprenderla y situarla en el lugar que le corresponde; En un contexto laico, de sentimiento no religioso, las ceremonias tienen el valor que han tenido desde que el hombre es hombre; celebrar los cambios y hacerlos públicos para que así la comunidad los acepte y respete.

Uno de estos momentos, que debemos quitar del cajón de los paripés como quitamos en su día el de la boda, es el nacimiento. La iglesia a través del rito del bautismo, concepto que le es propio, justifican a través de sus creencia la inclusión del recién nacido en la comunidad cristiana. Por lo tanto este término no es apropiado para representar otros ritos ajenos a este. Las instituciones civiles (juzgados y ayuntamientos) están utilizando inadecuadamente este término y cayendo por lo tanto en el error de la simulación y el fingimiento de lo religioso, es decir del paripé, cuando esa no debe ser la pretensión.

Desde Ceremonias Alternativas queremos otorgar al Rito de Bienvenida el lugar que le corresponde. Públicamente, ante la familia y los amigos, es decir, ante la comunidad, los padres y la familia desean celebrar la llegada del nuevo ser y de comprometerse con él en la satisfacción de sus necesidades básicas, de sus necesidades emocionales y de sus necesidades sociales. Motivos más que suficientes para diseñar para ellos ceremonias que expresen estos momentos y estos sentimientos.

A través de sencillos ritos realizados con los elementos naturales (el agua, la arena, el fuego…) representamos estos dos importantes aspectos que deben formar parte de la expresión social de este momento; la Bienvenida al infante y el Compromiso de amor y cuidados por parte de los padres. Y lo hacemos celebrando en un solo rito tres Bienvenidas que separamos por sus diferentes significados; La Bienvenida a la Vida, representada a través del agua; la Bienvenida a la Familia, representada a través de la tierra; y la Bienvenida a la Comunidad representada a través de la Imposición del Nombre, un rito imprescindible que añadimos a esta ceremonia.

Si los padres desean celebrar este momento haciendo uso de la tradicional figura de los padrinos, una vez definida por ellos su responsabilidad y colaboración futura para con el recién nacido, se procede a representarla y confirmarla a través de un rito simbólico basado en el fuego (velas, incienso, etc.)

Esta no es más que una de las posibles propuestas que ofrecemos y que muestran nuestra forma de entender la ritualidad, y porque no, la espiritualidad. Creemos que su expresión define perfectamente lo que se viene a comunicar y celebra adecuadamente el sentir de los padres y de la familia. Son precisamente estos factores los que se deben buscar en los ritos laicos.

Fernando Rivadulla

lunes, 14 de febrero de 2011

Necesidad ritual y oficialidad del rito

Es evidente que el ser humano es un ser ritual. A lo largo de las edades ha sabido expresar adecuadamente no sólo los distintos momentos de cambio en la vida (ritos de paso) sino también todos aquellos eventos de importancia social o comunitaria. Con el tiempo, las distintas confesiones religiosas que han ido naciendo en las diferentes culturas se han adueñado de esos ritos y les han conferido el rango de sagrado en base a sus propias creencias y en virtud de sus sacramentos y liturgias

Antes de la llegada de las distintas confesiones religiosas los ritos contenían ya una alta carga simbólica, eran la expresión de la magia natural, de la observación de la naturaleza de la vida y de sus circunstancias como algo desconocido que se pretendía entender y situar. El símbolo era el lenguaje básico de comunicación ritual, buscaba expresar una intención y ratificarla ante la comunidad.

Las distintas confesiones religiosas se apoderaron de los antiguos ritos y símbolos y los sustituyeron por otros más acordes a los intereses de sus dogmas y creencias. Pero es indudable que seguían posibilitando la necesidad natural del rito, canalizada a través de una atractiva escenificación y pretendiendo dotar, al hecho sagrado, de valor institucional. Esto provocó un cambio en nuestra percepción que ha arraigado profundamente en nuestra mente a lo largo del tiempo haciéndonos creer que sólo lo religioso puede ser sagrado, y sólo lo sagrado puede ser oficioso. Ahora somos testigos del nacimiento de un nuevo paradigma que necesita nuevas fórmulas de expresión en todos los ámbitos de la existencia, entre ellos el social, entre ellos el ritual.

El estamento civil ha de ser el garante de los derechos y deberes con respecto a nuestras decisiones sociales y de paso (nacimiento, matrimonio, fallecimiento, etc...) como ya viene haciendo, pero es un error creer que la manera en que está decidiendo expresar simbólicamente estos momentos sea la única válida. No debemos confundir entre la oficialización y el rito; el primero no es más que el registro del acto social y su confirmación legal; el segundo es la natural necesidad de expresión del significado del acto.

Hoy por hoy nacen iniciativas en juzgados y ayuntamientos que buscan reflejar de manera no religiosa esa necesidad social de la que hablamos y de la que es plenamente consciente. Pero no son más que alternativas al acto frío y seco del registro civil, de la oficialización institucional. Que la institución civil pretenda apropiarse de la expresión laicista de un acto social no haría más que imitar a la apropiación realizada en su momento por la institución religiosa. Es poco probable que esto ocurra, lo que realmente se denuncia aquí es la posible dinámica que genere la creencia que el rito del ayuntamiento o del juzgado es el único válido. Lo válido es su oficialidad no su expresión. Pensamiento este que invita a no confundir la oficialidad del acto, con la oficialidad del rito y su posible exclusiva.

La necesidad ritual es innata al ser humano y debe ser este, en su libertad de consciencia, quien decida como expresar los distintos momentos de su vida, como establecer el rito o protocolo y que símbolos utilizar para una mejor y adecuada expresión de su necesidad. Ceder esta libertad a una nueva institución podría reverberar en nosotros antiguos ecos bajo el yugo de la cruz. Es La decisión del hombre la que confiere sacralidad a sus actos y esta concesión no depende de la justificación divina de un acto religioso sino que es inherente a las decisiones y gestos del hombre y de la mujer que se realizan en libertad y acorde a su esencia natural.

Fernando Rivadulla